¿Y qué pasa con ellos? Hombres y niños, pieza clave (y a menudo olvidada) en la cooperación

En Kirira, nuestra misión está clara: acabar con las violencias basadas en género, especialmente la Mutilación Genital Femenina (MGF) y el matrimonio infantil. Es un trabajo vital, y las cifras de reducción de la MGF nos demuestran que vamos por el buen camino.

Pero, a menudo, en esta necesaria tarea dirigida especialmente al empoderamiento de las mujeres y niñas, surge una pregunta incómoda que no podemos ignorar. Una pregunta que me plantearon directamente los niños en un viaje a Kenia el año pasado:

«Oye, María, ¿y los chicos qué? Nosotros tampoco queremos violencia, también queremos estudiar…»

Esta pregunta me hizo reflexionar y entendí que es fácil caer en la trampa de pensar que, al centrar los recursos o el discurso en las mujeres, los hombres y los niños sienten que quedan automáticamente excluidos, o peor aún, que no tienen un papel activo en la solución pero no debe ser así.

Si miramos de cerca, nos damos cuenta de que los problemas que combatimos, la violencia, la desigualdad, la MGF, el matrimonio infantil, no son problemas que afecten solo a un género. Son problemas comunitarios y sistémicos. Y, por tanto, las soluciones no pueden ser exclusivas para las chicas.

La violencia de género, por ejemplo, no se detiene si solo se fortalece a la víctima. Requiere un cambio profundo en la mentalidad y el comportamiento de toda la sociedad, incluyendo de forma innegable a los hombres y los niños.

El rol del hombre en el desarrollo y la cooperación

Si aspiramos a un desarrollo duradero y justo, necesitamos que los hombres sean aliados, no meros espectadores o, peor aún, resistentes al cambio. Su papel debe ser activo y transformador en todas las fases del desarrollo. Por eso, ellos deben,

  1. Cuestionar sus privilegios: El primer paso es la autocrítica. Deben entender los sistemas de poder que otorgan ciertas ventajas y, en lugar de aferrarse a ellos, decidir usarlos para la equidad.
  2. Acompañar en el cambio: Las conversaciones sobre la MGF, el matrimonio infantil o la educación de las niñas no pueden ser solo entre mujeres. Los líderes comunitarios masculinos, los padres, los hermanos… deben unirse al diálogo, proteger a sus hijas y hermanas, y convertirse en modelos de masculinidad positiva en sus comunidades.
  3. Entender el beneficio común: Acabar con la desigualdad no solo mejora la vida de las mujeres, sino que aligera la carga de toda la comunidad. Una mujer empoderada, educada y libre de violencia es un motor económico y social que beneficia a su familia, a su esposo, a sus hijos y a su aldea. Ellos también viven en una comunidad más sencilla, sana y próspera cuando las mujeres son tratadas con dignidad.

Por ello, desde Kirira, lanzamos un reto a todos los agentes de la cooperación: Sigamos avanzando en los derechos humanos involucrando activamente a los hombres. Es fundamental escucharles y promover actividades conjuntas. Compartamos espacios, facilitemos educación y, sobre todo, construyamos una nueva narrativa de masculinidad que esté en sintonía con un mundo sin violencia ni desigualdad.

Porque en esta lucha por un futuro mejor nadie sobra y el camino es mucho más efectivo cuando caminamos todos, hombres y mujeres, de la mano.

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